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Nuestro blog sobre psicología

¿Para qué vas a terapia? Motivos que no llevan a donde esperas

«Para eso le pagas, para que te diga lo que tienes que hacer.» No es raro oir esto cuando alguien cuenta que ha empezado terapia, y tiene su lógica. Con el fontanero funciona así: le explicas lo que pasa y te lo deja arreglado (o por lo menos la mayoría de veces).

En terapia esa lógica sirve mucho menos de lo que parece. Mucha gente llega esperando que la psicóloga decida en su lugar o que consiga que otra persona cambie, y son peticiones comprensibles que, tal como llegan, casi nunca se cumplen. Que no se cumplan no quiere decir que haya que dejarlas en la puerta de la consulta, porque debajo de cada una hay algo que sí se puede trabajar.

1. Cinco expectativas con las que se llega a terapia

Ninguna de estas expectativas es inusual. Puede salir desde el primer mensaje con el que alguien pide cita o en los primeros minutos de la primera sesión, casi siempre después de meses intentando arreglar las cosas por su cuenta, y es habitual que convivan varias: quien quiere que su pareja cambie suele querer también que alguien le dé la razón. Todas salen de un malestar real y ninguna dice nada malo de quien la trae. Lo que comparten es que ponen la solución en algo que no está en manos de quien consulta, sea lo que decida la terapeuta o lo que haga otra persona, y eso es justo lo que la terapia no puede dar tal cual.

1.1. Para que me digan qué tengo que hacer

«Que me diga ella si debería dejar el trabajo» El cansancio de meses de dudas y cambios de opinión hace muy tentador que decida otra persona, a la que además solemos atribuir un mayor conocimiento o mejor criterio. Pero una terapeuta que elige por ti te quita poder de decisión justo cuando más falta te hace recuperarlo. Cada decisión delegada refuerza la idea de que tu criterio no es fiable, y por eso resulta contraproducente para la terapia. Te deja, además, en el mismo punto ante la siguiente decisión, y con alguien a quien culpar si esta sale mal. Se parece a pedirle a la profesora de autoescuela que conduzca ella el día del examen.

1.2. Para que me den la razón

Tras años oyendo que exageras, necesitar un testigo tiene todo el sentido: «Quiero que alguien de fuera me confirme que mi hermano es un narcisista». La terapia ofrece validación, la terapeuta reconoce lo que sientes y se pone de tu lado. Pero estar de tu lado incluye también preguntarte qué puedes hacer tú, porque tener razón no cambia por sí solo cómo te sientes con quienes te rodean, ni contigo misma. Suele ser más útil pararse en otra pregunta: qué cambiaría para ti si por fin te dieran la razón. Ahí aparece lo que de verdad buscamos.

1.3. Para que cambie otra persona

«Yo lo que quiero es que mi madre deje de meterse en mi vida.» Este podría ser un ejemplo habitual de una expectativa expuesta en terapia. Resulta muy tentador que el alivio llegue porque los demás cambien y te allanen el camino. La terapia, en cambio, se centra en lo que cada persona puede hacer para estar mejor, y ahí el margen es amplio: aprender a decir que no sin pasar dos días con culpa o sin volver atrás, o dejar de justificar cada decisión que tomas. Esas herramientas son tuyas, y sirven para aprender a cuidarte aunque tu madre no cambie nunca.

1.4. Porque me lo han exigido

Aquí el «que cambie» viene del otro lado, quien se sienta en consulta ha oído en casa «o vas al psicólogo o me voy». El trabajo empieza cuando la persona se hace cargo de lo que le toca, tanto de sus propias necesidades, que quizá llevaba tiempo sin atender, como del efecto que su manera de actuar tiene en quienes quiere. Los cambios que salgan de ahí no siempre coincidirán punto por punto con lo que pedía la otra persona. En nuestra experiencia se sostienen mejor que los que se hacen solo para cumplir, porque nacen de esa doble responsabilidad.

1.5. Para no volver a sentir malestar

«Quiero dejar de sentirme así.» En nuestra consulta es seguramente la expectativa más frecuente, con versiones que van desde deshacerse de la ansiedad hasta no volver a sentir tristeza o rabia. Se entiende, porque el malestar emocional puede ser muy difícil de sobrellevar. Pero las emociones desagradables forman parte de la experiencia humana y traen información: la tristeza suele señalar una pérdida, y la rabia, una situación que vivimos como injusta. Lo que perpetúa el malestar es sobre todo la forma en que alguien se relaciona con ellas, cuando intenta taparlas a toda costa o vive cada una como la prueba de que algo falla por dentro. Por eso en terapia trabajamos esa relación, para que la emoción pueda aparecer pero no tomar las riendas.

¿Para qué vas a terapia? Motivos poco realistas

2. Entre lo que se pide y lo que se necesita

En psicología llamamos demanda a lo que una persona pide cuando llega a terapia. Lo que necesita para estar mejor suele estar una capa más abajo, y no siempre se ve desde el principio.

Pongamos a alguien que pide cita porque lleva meses durmiendo cuatro horas por el estrés en el trabajo. Su demanda es volver a dormir por las noches. En las primeras sesiones pueden ir apareciendo cosas que hay debajo del insomnio, como que acepta cualquier tarea que le piden aunque ya no llegue a todo. Dormir sigue importando, pero lo que de verdad necesita trabajar es aprender a poner límites antes de quedarse sin horas y posibilidad de descanso mental.

Que la demanda y la necesidad vayan por caminos distintos es normal, porque los síntomas se ven antes que lo que hay debajo. A lo largo del proceso, especialmente en las primeras sesiones, la persona va poniendo palabras a lo que le hace falta mientras nosotras hacemos las preguntas ajustadas.

3. Cada motivo protege una necesidad legítima

Quien quiere que su madre deje de meterse en su vida puede estar pidiendo, en el fondo, que se respeten sus decisiones y que se le trate como a un adulto, de igual a igual. Quien necesita que otra persona elija en su lugar puede venir de una casa donde equivocarse tenía un precio muy alto. Son necesidades no cubiertas que han tomado el camino más directo que conocían.

Esa manera de pedir tuvo sentido en su momento. Si en la infancia lo único que movía algo en casa era la intervención de una persona adulta con autoridad, es lógico buscar ahora esa autoridad en la terapeuta.

Las necesidades que hay detrás de estas peticiones son de lo más humanas: que alguien reconozca lo vivido, tener un lugar seguro donde apoyarse, que se respete el propio espacio o que el malestar dé una tregua. Ninguna tiene nada de exagerado. Muchas se forman en los primeros vínculos, como contamos al hablar de apego, y como no encontraron respuesta entonces, siguen buscándola ahora. En terapia se trata de reconocerlas y de encontrar formas de cuidarlas que dependan más de la propia persona.

Detrás de una petición que la terapia no puede satisfacer, hay una necesidad legítima que nunca ha sido atendida.

4. Qué sí se le puede pedir a la terapia

Una expectativa sirve como punto de partida cuando se puede traducir en algo que dependa de ti y que se note en tu semana. «Que mi madre deje de meterse» puede acabar siendo «poder colgar cuando la conversación se tuerce sin pasarme la tarde dándole vueltas». «Quiero eliminar la ansiedad» puede convertirse en «volver a coger el metro aunque note presión en el pecho».

También se puede pedir entender. Por qué una decisión lleva un año sin tomarse a pesar de estar generando malestar, o por qué en cada discusión de pareja aparece la necesidad de que te den la razón, son preguntas que la terapia sí puede acompañar. En nuestra experiencia, llegar a esa respuesta cambia la forma de decidir más que cualquier consejo.

Edward Bordin (1979) situó el acuerdo sobre los objetivos entre los componentes de la alianza terapéutica, la relación de trabajo entre paciente y terapeuta. Por eso dedicamos parte de las primeras sesiones a pactar qué se va a trabajar, y desde nuestro modelo de psicoterapia integradora, ese pacto se revisa cada cierto tiempo para mantener el acuerdo en los objetivos y la dirección de la terapia.

Cuando la persona cree que lo único que serviría es que otra persona cambie o que suceda algo imposible como no sentir emociones desagradables, lo decimos con claridad, ya que no podemos empezar una terapia sobre objetivos poco realistas.

7. Preguntas frecuentes

Estar de tu lado incluye decirte lo que ve, también cuando no coincide con lo que te gustaría oír. Una terapeuta que se limita a dar la razón resulta agradable unas semanas, pero deja a la persona en el mismo lugar, porque nada de lo que cuenta se cuestiona ni se mira desde otro ángulo. Confrontar en terapia, es señalar con cuidado una contradicción o un patrón que se repite, y lo que más moviliza sale precisamente de esos momentos.

El motivo con el que llegas a terapia no tiene por qué ser el problema real

Casi nadie acaba trabajando exactamente aquello por lo que pidió cita. La primera consulta en Somos Psicoterapia es gratuita, y se puede llegar a ella con la petición sin pulir. Puedes empezar por preguntarte, si nada de lo de tu alrededor cambiara, ¿qué te gustaría poder hacer tú de otra manera?

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