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El apego evitativo. Cuando la distancia es el lugar más seguro

"Necesito espacio". Dos palabras que, dichas en el momento equivocado, pueden hacer bastante daño y que sin embargo no siempre significan lo que parece. Detrás no suele haber desinterés ni falta de afecto. Hay algo más parecido a una alarma, un sistema que empuja hacia la salida más rápida en cuanto la cercanía se vuelve intensa. En cuanto se consigue esa distancia, llega la calma, y a veces también la culpa.
Este patrón tiene nombre en psicología: apego evitativo. Y aunque suene a etiqueta, describe algo bastante concreto y común. Se trata de una manera de vincularse en la que el afecto sí se desea, pero la cercanía incomoda. En este artículo trataremos de explicar de dónde viene ese patrón, cómo se manifiesta en la vida cotidiana y qué se puede hacer para gestionar las limitaciones que trae consigo.

1. Escenas que se repiten

Una pareja va a cumplir dos años. Todo va bien hasta que se plantean mudarse juntos. Entonces, sin motivo aparente, uno de los dos empieza a necesitar más noches solo, a contestar más tarde, a encontrar defectos que antes no veía.

Otra escena. Alguien atraviesa una semana horrible en el trabajo y no se lo cuenta a nadie. No por orgullo o vergüenza, simplemente no se le ocurre. La opción de llamar a un amigo y decirle "necesito hablar" ni se contempla.

Y una última. Después de una discusión, la reacción habitual de una persona es desaparecer (a veces durante horas o días), salir del lugar, dejar de hablar o responder mensajes, para al tiempo volver y hacer como si nada. La conversación se queda pendiente indefinidamente.

Ninguna de estas personas tiene por qué ser fría ni insensible, ni le da igual su pareja, su familia o sus amigos. De hecho, quienes tienen apego evitativo suelen ser gente responsable, muy capaz y bastante valorada en su entorno, precisamente porque han aprendido a resolver sin apoyarse en nadie, y no resultan personas demandantes. La autonomía no es el problema. El problema aparece cuando esa autonomía deja de ser una elección y pasa a ser la única forma conocida de estar a salvo.

2. La evitación, una defensa que se aprendió muy pronto

Nadie nace evitando la cercanía. Es un aprendizaje, y suele producirse mucho antes de poder ponerle palabras a lo que está pasando.

La teoría del apego, que John Bowlby formuló y Mary Ainsworth confirmó con sus observaciones experimentales, sostiene que los bebés construyen su forma de relacionarse a partir de cómo responden sus figuras de cuidado cuando piden consuelo. Y aquí conviene deshacer un malentendido frecuente. Para que se desarrolle un apego evitativo no hace falta una infancia de gritos, abandono o maltrato. Basta con una crianza en la que las necesidades físicas estén bien cubiertas (comida, educación, higiene, ropa...) pero las emocionales queden en segundo plano. El llanto que se calma deprisa para que no moleste o que directamente se ignora, la tristeza que se recibe con un "no es para tanto" o la vulnerabilidad interpretada como debilidad o "sensiblería".

Ante esas necesidades no cubiertas, un niño pequeño llega a una conclusión lógica: si pedir no sirve, mejor dejar de pedir. Y no solo deja de pedir hacia fuera, sino que con el tiempo deja también de registrar la necesidad internamente. Eso es lo que la investigación llama estrategia de desactivación o desconexión, es decir, apagar la necesidad de cercanía antes de que duela que no la cubran.

La parte más silenciosa de todo esto es que esa defensa acaba camuflada de carácter. Lo que empezó como una herida interna termina contándose como "es que yo soy muy independiente". Y así, sin darse cuenta, la persona sigue protegiéndose de un peligro que quizá ya no está, con un pie en el presente y otro todavía en la infancia.

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Muchas personas con apego evitativo muestran una gran autonomía y capacidad de resolución que en ocasiones esconde un sentimiento de aislamiento y sobrecarga mental.

3. El cuerpo delata lo que la mente trata de acallar

Hay un dato que suele sorprender y que a menudo no se tiene en cuenta en casos de personas con apego evitativo: el cuerpo no se cree la calma que se intenta aparentar.

En los años 90, Mary Dozier y Roger Kobak midieron la activación fisiológica (sudoración de la piel, ritmo cardíaco) de personas que hablaban de experiencias de rechazo, separación o amenaza con sus figuras de cuidado. Las personas con un estilo de apego evitativo relataban esos episodios con un tono neutro, casi como si le hubieran pasado a otra persona. Pero sus registros fisiológicos mostraban lo contrario: un aumento de la activación más marcado que el de cualquier otro grupo. Estudios posteriores han replicado el hallazgo. Es decir, el sistema nervioso hace sonar la alarma mientras la mente insiste en que no pasa nada.

Ese desajuste entre lo que ocurre por dentro y lo que se puede reconocer por fuera tiene menos de misterio que de aprendizaje. Es automanejo, una forma de gestionar el malestar en solitario que funcionó en la infancia y que, mucho tiempo después, empieza a pasar factura en forma de relaciones que no terminan de cuajar, cansancio acumulado o una sensación difusa de estar viviendo a medio gas.

4. Cómo se manifiesta el apego evitativo

En el ámbito de la pareja, el apego evitativo suele traducirse en dificultad para poner palabras al afecto, en incomodidad ante la intimidad emocional y/o el conflicto y en esa sensación de agobio que llega cuando hay que tomar decisiones en conjunto. Es frecuente también la ambivalencia, se busca la cercanía y, en cuanto se consigue, empieza a generar rechazo. Para quien está al otro lado, ese movimiento resulta desconcertante y, muchas veces, doloroso. Es uno de los motivos habituales de consulta en problemas de pareja.

Una persona con apego evitativo en el trabajo es alguien que difícilmente pide ayuda, asume más carga de la que le corresponde y vive el hecho de delegar como una pequeña derrota, hasta llegar incluso a situaciones de estrés laboral o burnout. En la amistad, se construyen relaciones cordiales pero generalmente poco profundas, donde el mundo interno de la persona casi nunca se da a conocer.

Y luego está la dimensión más íntima, la que menos se ve, la dificultad para saber qué se necesita o qué se siente realmente. Cuando alguien lleva 30, 50 o más años sin preguntárselo, la pregunta deja de tener respuesta disponible. Volver a sintonizar con las emociones genuinas (y no solo con lo que se "debe" sentir) es, precisamente, uno de los trabajos que abren la puerta a una vida más plena.

5. ¿Debería pedir ayuda?

Este apartado tiene algo de trampa cuando el tema es el apego evitativo, porque pedir ayuda es justamente la parte que peor se lleva. Es habitual leer un artículo así, reconocerse en bastantes cosas y cerrar la pestaña con un "bueno, tampoco es para tanto" o "puedo vivir con ello". Hay otras muchas variantes de esta conclusión: hay gente que está peor, esto se puede manejar solo, no hace falta ir a un psicólogo por no saber decir "necesito esto"...

Ese razonamiento no es una excusa, ya que es el propio patrón funcionando. La estrategia que se montó en la infancia para no depender de nadie sigue haciendo su trabajo, y lo hace especialmente bien cuando a alguien se le pasa por la cabeza pedir ayuda.

En consulta solemos recibir personas que consultan por motivos que nos llevan a plantearnos que hay algo más detrás: problemas de insomnio, una ruptura que no termina de cerrarse, cansancio constante, explosiones de ira o la enésima pareja que se ha ido diciendo lo mismo que dijeron las anteriores. El apego evitativo casi nunca es el motivo explícito de consulta, sino que aparece tiempo después. Los síntomas suelen ser solo la punta del iceberg, y poco a poco podemos ayudarte a entenderlos.

La primera consulta en nuestro centro es gratuita y sin ningún compromiso. Lo decimos así de claro porque, con este patrón, saber de antemano que existe una puerta de salida suele ser lo que permite entrar. Nadie tiene que llegar con el relato ordenado ni con una explicación convincente de por qué está ahí. Con la sensación de que un patrón que trae problemas se repite demasiado es suficiente para empezar a mirarlo.

6. Preguntas frecuentes

Sí, aunque no de un día para otro. El apego no es un diagnóstico ni un rasgo fijo de personalidad: es una estrategia aprendida, y lo aprendido puede revisarse. En terapia, desde un enfoque de psicoterapia integradora, se trabaja en reconocer las señales del propio cuerpo, tolerar la cercanía de forma gradual y comprobar, poco a poco, que apoyarse en alguien ya no tiene por qué salir caro.

Sostener la cercanía sin renunciar a la autonomía

Trabajar el apego evitativo no consiste en dejar de valorar la propia independencia. Consiste en poder elegir cuándo pedir ayuda, cuando soltar y cuando permitirse expresar lo que uno siente, en lugar de que la respuesta sea siempre, y automáticamente, que no hace falta. En Somos Psicoterapia acompañamos ese proceso analizando personalmente cada caso en detalle. La primera consulta es gratuita y sin compromiso.

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